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15.4.08

El péndulo (un asunto brumoso)

El tabaco es malo. Vale, de acuerdo. Es evidente que meterse humo en los pulmones no parece lo más deacuerdo para llevar una vida sana.
Pero... ¿es necesario que la sociedad acose constantemente a los fumadores, les haga sentirse como piltrafas humanas y vaya haciendo sus vidas cada día un poco más desagradables? Yo creo que no. Especialmente si esa misma sociedad fabrica el tabaco, lo vende y extrae de él unos interesantes beneficios para sus gobiernos en forma de impuestos. Porque, vamos a ver, o todos moros o todos cristianos: si esto del tabaco es tan malo, que se quemen las plantaciones, se prohíba el consumo y se erradique tan funesto vicio de la faz de la tierra de una vez por todas.
¡Ah! No, eso es imposible, clama la sociedad democrática, pues va en contra del libre albedrío y atenta contra el derecho inalienable del individuo a hacer de su capa un sayo y de sus pulmones un estercolero. O sea, que vamos a seguir fabricando tabaco, promocionándolo y vendiéndolo, pero que sepa aquel que lo consuma que le consideramos un ser despreciable al que le vamos a hacer la vida too lo desagradable que podamos.
¿Alguien entiende esa manera de ir por el mundo?¿No nos suena todo esto a hipocresía de la peor especie? ¿Es compatible crear una necesidad y combatir a los que la experimentan?
Lo más probable es que nuestra sociedad, de natural circular, esté en estos momentos en un extremo del péndulo. Hasta hace cuatro días fumaba todo el mundo; la gente echaba humo en todas partes, molestando a los no fumadores, un colectivo sufrido donde los haya y de cuyos derechos no se preocupaba nadie; todas nuestras ciudades eran inmensos ceniceros y a todo el mundo le parecía bien.
Esta realidad, ciertamente, tampoco era muy normal, por lo que no era de extrañar que a los no fumadores, al igual que a los miembros de cualquier otro colectivo machacado, les diera un buen día por protestar. Y bienvenidas sean las protestas, pues la convivencia entre fumadores y no fumadores tampoco era tan difícil de organizar. Bastaba con prohibir el tabaco en sitios evidentes (hospitales, tiendas y demás) y con repartir otros espacios (restaurantes, bares y otros lugares de esparcimiento) entre los que fuman y los que no. Lo que ya no parece tan normal es pasar de una situación de total indefensión del fumador.
Y es que parece que de lo que se trata es, según la época, de machacar a un colectivo o a otro. La posibilidad de que ambos convivan educadamente y sin incordiarse no se le ha pasado por la cabeza a nadie.

Revista El jueves